jueves 3 de enero de 2008

I

Hace días vi en la televisión una de esas noticias que logran sugestionar-seducir-fascinar por no más de veinte segundos: una corredora gringa que ganó varias medallas en no sé qué competencia internacional reconoció, ante las cámaras, haberse dopado. Tuvo que devolver las preseas y hasta escribir una carta a su familia, pidiéndoles una disculpa por la tremenda decepción.
Realmente me gusta ver CNN en español para estar bien informado de lo que sucede en el mundo. Todo lo que tengo que hacer es dejar de oír; escucho entre líneas, interpreto, descubro la verdad detrás de la puesta en escena multimillonaria.
Después del apagar la tele, me puse a reflexionar en algo divertido: al escritor suele sucederle lo contrario que a la negrita aquella. Primero se toma un par de copas para despertar su inventiva, aguzar el talento. Posteriormente, sobrio, disfruta del genuino éxito de su labor silenciosa, dispuesto a corregir cierto exceso de la velada.
Paradójico: la seductora sonrisa de Marian Jones, en la pista de atletismo, ocultó el sol al declararse culpable; mientras la noche, la incógnita cotidiana del redactor obrero, una vez más mutó en luz de su pensamiento.

En la tierra, si es tortuga; en el agua no es humano. En la hoja de papel en turno, mixtura perfecta de una idea; al ser, no un escritor de lecturas –como decía William Hazlitt-, sino de la vida real comprobada en cada libro leído.
En la actualidad, así como la gente ha perdido la costumbre de caminar por placer –ya sea atolondrado o en sus cinco sentidos-, optando por correr sin razón ni destino genuino, también ha extraviado su capacidad de análisis, de observación y, por lo tanto, del simple, natural meditar en la vida diaria. Se conforman con que CNN o cualquier otro hipnotiza-morbos les arranque la dosis completa de emoción, conduciéndolos a un sólo vicio mundial, “globalizado”, matiz en mil maneras e interpretaciones, que bien puede denominarse Masturbación Mental.
Como consecuencia subconsciente de lo anterior, las mayorías han transformado el placer solitario de la literatura en una especie de catarsis insegura, ordinaria de la novela que contenga efectos especiales, o el manual del buen desenvolvimiento individualizado para sacar provecho de todo y de todos los demás afectados de manera especial; disfrazando las letras de promesa aleatoria o receta de plástico, de manera que resulte irresistible para el pensamiento conmovedoramente debilitado –homogeneo, al gusto de la estrategia maquiavélica.

Me llama mucho la atención lo pasmoso que sigue resultando, en el siglo XXI, la manipulación de la gente. Uniformados en postura física, mirada y concepto pasajero como las toneladas de información –tan envidiable hace apenas un par de décadas- que pasa rauda por su sentir atrofiado.
Si viéramos la fotografía de un ser humano sin ropa, cabellera a rape, sin maquillajes ni rastro o adorno alguno sobre su piel, con fondo blanco y ningún objeto revelador en torno suyo; nada, sólo él y su cuerpo tatuado de invisibles conceptos subliminales, sería tan fácil adivinar la posición social, el carácter, las ambiciones, la frustración... la época en que vivió o vive; independientemente de la calidad y demás características del papel fotográfico. Su porte, su mirar estándar, lo delatarían al instante. Cortado con la correspondiente tijera ideológica-generacional.
Pero esta moda también ha llegado al extremo opuesto, como nunca antes en la historia del mundo. Hoy día, en cualquier instante cabe la posibilidad de toparse con imágenes-paradigma en alguna polera, muralla o hasta en un altar de iglesia, sin sospechar que el Poder es quien ha tenido a bien distribuirlas gratuitamente hasta en la tierra de los pigmeos.
Esa es, precisamente, la estrategia del Enemigo: “Te doy el arma, sin enseñarte a usarla –sin ideología; esto reclámaselo a los Fabricantes de Tijeras que te cortaron la glándula correspondiente-, para que reniegues de ti y termines sucumbiendo en mí. No analices el concepto, no observes la realidad ni medites lo que ni siquiera tiene forma; el fondo es mío. Simplemente jala del gatillo en cualquier dirección. Complace tu hedonismo a toda hora, de mil maneras e interpretaciones, tanto como tu candidez te lo permita.”

Colerdige afirmaba que la virtud no consiste en la ausencia de vicios, sino en saber vencerlos.
Se puede llegar a ser un virtuoso escribiendo, con ayuda, quizás, de un vicio placentero y legítimo –podría decirse que hasta sano- como lo representa una botella de vino.
Es comprensible que, bajo los efectos del elixir, en ocasiones se alcance el extremo de expresar, en tinta, ridiculeces. Todo se arregla al día siguiente botando a la basura cada hoja malgastada. Pero es inadmisible que otras ridiculeces se redacten en sano juicio. Lo intolerable es que ese intento grotesco se envíe al agente editor y éste se encargue de publicarlo en todo el mundo, a manera de dictamen espiritualoide, memoria politiquera o tratado para lograr el éxtasis del pensamiento voluptuoso en diez pasos prácticos, sin bajarse el pantalón.

Samuel Taylor Coleridge
William Hazlitt
Cuando el concepto “lo que vende es bueno; lo que no vende es malo” se convirtió en sugerencia generalizada para transformar estilos de vida, modificando de manera drástica jerarquías, personalidades, ansia y fracaso, posteriormente mutó en costumbre, doctrina enajenada de arrebato; novedad onanista más allá de la insulsa descendencia de limitados y moldeables personas al capricho del Vendedor. Un coito más a la lista que no cuenta al menos con cien años de carrera desenfrenada; mientras el arte verdadero se abstiene de apostar en el hipódromo; para él, el boletaje en la taquilla representa jeroglíficos de un presente moribundo, pero jamás vencido.
Al abstraernos un rato de ver la vida en línea recta, prescindir los aparejos que nos impiden admirar el panorama completo, no es difícil darse cuenta que el cáncer del consumismo terminará por perecer junto con sus auspiciadores, por elemental necesidad armónica del mundo. La balanza retornará al punto medio –la eterna oferta y demanda del usurero y necesitados (como Raskolnikov y la vieja prestamista)-, quizás dentro de mucho tiempo; que, a final de cuentas, no será más que un suspiro en la vasta historia de la humanidad.

La belleza quedará intacta para otras generaciones que poco a poco, paso a paso, se liberarán individualmente del dogma de la genealogía, de las tijeras corruptas en actitud y expresión, retornando –idear- su propia verdad renacentista.




II

Hay de manías a manías.
Cuando se tiene a disposición una pequeña pero inteligente biblioteca: a la izquierda de aquel búho de madera tallada, la antología de Balzac; un poco más abajo, entre el polvo en sosiego y una araña trapecista, Crimen y Castigo, los Cuentistas Rusos... Detrás de nosotros, nos llama con ese aroma exquisito del libro senil no abierto en décadas, a sarcófago en cuyo interior se sigue desgajando la existencia Schopenhauer; sin importarle despertar los demonios de un Borges en desvelo, en el último peldaño de la cripta –de la corta escalera crujiente a cada paso-; dándonos audiencia cualquiera de ellos en el momento en que se nos antoje.
Si esto es posible, uno se deja llevar por el único vicio verdadero: el afán de conocer un alma nueva, renovada sólo para nosotros; llegando al extremo de no poder leer más de un libro –a veces un selecto cuento o ensayo breve- de cada autor, brincamos de aquí para allá, de chistera en chistera, sin trucos ni persuasiones baratas.
Aunque nos haya fascinado el viaje en barco de Cortázar a través del río de La Plata, ya está a la vista, en el horizonte, la chimenea del vapor donde viene Mark Twain para contarnos sus andanzas sobre el lomo de un elefante, en la India.

Hazlitt me clava el codo en el costado: “Todo el que pasó por las etapas regulares de una educación clásica, sin idiotizarse, puede decir que se ha escapado de una buena.”
Y es que no es un vicio realmente eso de picotear aquí y allá. Esto solamente lo puede hacer el ave que es libre.
De alguna manera, en este caso, el vicio corruptible viene representado por la abstención, la renuncia a probar el cocktail venenoso por miedo a embriagarse, a errar en la ruta, provocando el vuelo con rumbo sur cuando la primavera pinta el norte de placer; llegando así, el ave cansada, en extravío, repleta de experiencia que sólo ella se atrevió a buscar; en resguardo dentro de una húmeda cueva decorada, al amanecer, por pinturas rupestres explicando a la perfección la técnica de ataque contra el bisonte, la historia completa de su caza, con imperceptibles modificaciones gráficas de esencia y figura.
Un suspiro del tiempo después, ante la aparición de la Historia, esas pinturas se convirtieron en signos, en letra, contando la misma leyenda hasta que ésta se transformó en tradición genuina; luego, en rumor afectado, parodia, plagio y patraña. Las castas, el temple, la codicia y hasta el desaliento se maquillaron sin rostro, ni adorno; fondo blanco carente de un objeto real que identificara a su creador.
Al darse cuenta de su vacío, el escritor de signos suntuosos –mejor conocido como literato arraigado en el pasado-, sin tener nada más que decir, sin decir nada más que falacias en medio de su protocolo, propuso arrancar del lenguaje la ortografía; mutó de nato a ñato en el fondo de su cueva, donde lo único que le hace compañía es su oxidado carrusel de bisontitos de terciopelo, repitiendo una y otra vez la eterna vuelta sobre el mismo eje redundante de sus libros.

El escritor resulta realmente imprescindible cuando, sus lectores, recuerdan mejor que él mismo el pormenor del detalle de su obra, cuando obsequia su versión personalísima del éxtasis del pensamiento sublime o la historia única.
Si el arte se obliga a profundizar la esencia de la naturaleza para considerarse tal, evitando una burda imitación insoportable, ¿deben ser consideradas obras de arte las figuras de cera que, mientras más se parecen a la persona que representan, más son admiradas en los museos? Entonces, ¿por qué siguen siendo aplaudidos los novelistas redundantes? cambiando tan sólo el nombre de lugar común, del personaje que contiene sicología semejante; de semejantes historias que cargan a cuestas cosas como el Nobel, tan rupestre como aquella cueva oscura de su imaginación, de su juicio hueco; desarrollando técnicas que tan bien saben envolver la anécdota matizada tantas veces.
Hasta las Putas se bajaron del carrusel de bisontitos, gritándole a la cara:
-¡Puras patrañas!

Ante el dilema de dos caminos sugerentes, para empezar, evita una cueva con oasis de luz en el fondo. Luego, no prescindas un futuro arrepentimiento si el sendero elegido contiene tu certeza. Atrévete a ensayar la peculiaridad. Sólo así el pensamiento madura y el estilo se perfecciona, sin necesidad de echar mano a la fórmula íntima ya expresada. Idea.

Escribir “de diez a doce, diario, con tremenda, infinita disciplina” –como lo afirmó recientemente un escritor mexicano de renombre-, incluso cuando se tenga en el cerebro la idea clara a desarrollar; por lógica mecánica mental, da, como resultado, tarde o temprano, obras semejantes entre sí -burocracia del intelecto.
Más bien hay que tener los cinco sentidos puntuales, concentrados en la sustancia de la rutina de la existencia o subsistencia, por más insoportable que resulte en ocasiones; no de diez a doce, sino a cada minuto de toda la vida, hasta en sueños, para arrancar el momento exacto, excitado, único, perfecto, y llevarlo al papel en el tiempo justo para convertirlo en exquisitez irrepetible. Aquí radica la verdadera vocación del escritor.
La oportunidad y la circunstancia más importante en la vida de un artista –como tal, no como publicitador de sí mismo- están allá afuera, como estrategia reinventada a diario; no aquí dentro, a manera método severo, de castigo. El chispazo, la singularidad; lo demás dependerá de su destreza. Si el universo es infinito, la mente es ilimitada. El cosmos también tiene su vocabulario.
Los que escriben de diez a doce generalmente resultan mejores conversadores que literatos. Su verborrea termina siendo foco de atención en cualquier esquina iluminada. –Claro que han existido excepciones maravillosas al respecto, como Oscar Wilde, genial en ambos sentidos.

Lo que no expresa literalmente el autor, pero lo da a entender, lo sugiere, insinúa, mas no es descubierto por el lector, puede deberse, en primer lugar, a que éste se concentró en la estética del escrito –uno de esos seres que gustan enamorarse del amor, no de la persona-; pero también es posible que se trate de un escritor de diez a doce, cuya receta, el lector, ha aprendido a la perfección sin darse cuenta, pasando instantáneamente el acertijo, de sus ojos, a la subconsciencia –pensará al terminar el libro: “¡Fulano de Tal es un genio! ¡siempre me deja esta misma sensación que no puedo describir con palabras!”
Una tercera posibilidad: el canon lo domina a tal grado el autor, que aquél salta sutil, automático, de su pluma a la conformación del escrito, al sustituir o enmascarar la profundidad y atmósfera de su trabajo.
Ahora que si se juntan en un sólo ensayo, el enamorado del amor, que a la vez ame el estilo disfrazado del literato, la ley de las probabilidades consumistas sin duda le tendrá guardado, a éste, un lugar en los Anales de los Esfuerzos Perecederos.

Existen escritores que se niegan a crear si no tienen un concepto representado con intención y propósito fresco, espontáneo e interesante para sí mismos -no para llenar metros cuadrados en librerías-. Los demás seguirán reinventando su idéntica quimera de por vida.
A la medicina sólo la puede traicionar un médico hipocondríaco. A la literatura, un relojero.

Colerdige: “El encanto de la escultura se basa en la unidad de efecto” de sus formas que magnifican el fondo imaginativo. En las letras, es el fondo el único que puede dar forma a la magnificencia de la imaginación. De esta manera, una obra maestra nunca terminará de escribirse, no porque el autor o el tiempo modifiquen la interpretación intrínseca, sino porque un estilo legítimo, impar, aunado a ideas auténticas, provocan que la duración de la oportunidad dé paso a circunstancias permanentes que despiertan análisis constantes, hasta que la tela de juicio se venza ante las generaciones venideras. Si la pintura es capaz de presentar un objeto íntegro, total, como lo hace la escultura, las letras ha de beberse la vida para ofrecerla sublime.




III

Debido a que las mayorías han sido y serán –mientras su contemplación y pose personales sigan siendo manipuladas- simples y ciegos libres albedríos, la mujer que logra abstraerse de sus encantos puede llegar a fascinar al hombre que consiga vencer su banalidad. Las tinieblas de la cueva mutando en luz, más allá de la postura y la mirada.
Lo mismo sucede con el escritor que evite, imaginativo y/o fantasioso, la órbita solemne en su discurso disfrazado de viveza; por medio de la cual logra dominar las mentes seducidas de sus lectores a través de un encanto primario, mintiéndoles al repetir el gastado dogma. Si dicho escritor se atreviera a prolongar la sobremesa hasta después del mediodía, quizás pudiese provocar perfecta fascinación, no en su elocuencia, sino al libre albedrío de sus aprisionados seguidores. El pensamiento ingenioso capturado con el sucio mondadientes de una tarde cualquiera.

Así como el realismo fantástico debe contener una sutilísima porción, en peso específico, de cruda realidad, para convencer al lector de que la historia pudo haber sido cierta, alguna vez, en algún lugar, también es necesario que el escritor genuino, en los malos tiempos, se atreva a afirmar: “No me sobra el dinero; pero tampoco tengo tiempo para andar buscando más de manera enajenada, al punto de que se me escape el instante exacto, excitado, único, perfecto”.
Voltaire: “... Seréis poeta y hombre de letras no tanto porque así lo hayáis deseado, sino porque la naturaleza así lo ha querido. Pero os equivocáis mucho al imaginar que disfrutaréis de la tranquilidad. La carrera de las letras es más espinosa que la de la fortuna...”
Voltaire


Vivimos una época de oscurantismo innovador, iluminado fantásticamente por el neón de las pasarelas; pero el despertar cotidiano, con sus paisajes sinuosos y calles escarapeladas, sigue siendo un grado más interesante de lo que suelen vendernos en imágenes-paradigma: “Me cansé de ser tozudo y desobediente. De diez a doce espero instrucciones de mi agente editorial. Mientras me llama, ¡brindemos con un buen vino por el cazador de lectores!”

Hay que aprender a usar el arma sin jalar nunca del gatillo. Entender que lo inverosímil es tan necesario como indeseable el recuerdo del ilustrador de cuevas.
La siquiatría es cómplice de los fantasmas; pero éstos nunca comparecerán su obviedad pusilánime masturba-lerdos, que pasan la semana preguntándose si la señorita Jones ya habrá pedido ayuda sicológica al gobierno de su país.

Idear el futuro de manera que, cuando éste sea pasado, parezca un placentero presente. Olvidar el pasado que redunda; así, cuando el futuro se aproxime, se asemejará cada vez más a un presente brillante en ideas.
Jugar con el tiempo. Detenerlo, burlar el invierno en alas de aquella ave del sur en el cambio de estaciones; sin miedo a embriagarme del vocablo ideado por esa linda alma de libre albedrío.